Un día de arena blanca en Warnemünde

Aunque lo tienes todo preparado para tus vacaciones, seguro que se te olvidan detalles, a veces este tan simple: cómo entretener a tus hijos en el camino. Pero tampoco nos asustemos si te faltan ideas, ellos darán varias soluciones.

Ir a la playa, al pueblo o a la montaña siendo pequeños es una experiencia fascinante. Quisiera que quedara en ellas un momento perfecto para descubrir espacios desconocidos, reforzar nuestra relación y hacer, incluso, nuevos amigos. El trayecto hasta llegar al destino puede resultar, sin embargo, un auténtico martirio para toda la familia, a quien no le ha pasado con menores de cinco años, y más entre familias viajeras como nosotros, viajeros sin tecnologia. A veces corremos el riesgo de que ellos se enfrente a horas de aburrimiento sentados, nosotros tenemos dos tips claros, viajar en tren siempre que sea posible y hablarles del lugar de destino. Esto generará siempre en ellas un gran entusiasmo que hará más llevadero tener que permanecer tantas horas sentados. 

Esta vez nos dirigíamos a el mar Báltico. Donde el mar no deja la espuma blanca de esas olas casi mecánicas que vierten en la arena, no eso no existe aquí.  El viento que hace bailar el pelo y los granos de arena que tocan nuestros ojos, dejémoslo para la película de la noche. Las tablas de surf que vuelan en el cielo y las dunas de arena que se encuentran con el horizonte, que se quede pintado en una postal. Nosotras estábamos exactamente en Warnemünde. 

Era un martes cuando decidimos que el miércoles saldríamos temprano para Warnemünde, amplias playas de arena y paseos marítimos, faro, mercado de pescado, pintorescas pequeñas casas de pescadores, rústicos restaurantes de pescado, botes pesqueros y veleros en la vieja escuela despiertan el verdadero gusto marítimo.

Para llegar aquí nos tocó superar diez mil imprevistos. Aguantar sol desde las 5am hasta las 10pm. Refrescarnos con un jugo de naranja caliente. Perder una conexión de tren. Ha sido un día de viaje demasiado agotador, difícil a morir. De esos en los que la mayor ha tenido que tomar su rol y ayudar. Todavía no se como lo hemos logrado. Pero lo hicimos.  Pasamos toda la mañana recolectando conchas, lanzando piedras y construyendo castillos de arena, el resto de la tarde la dedicamos a dar una vuelta por el pueblo. Warnemünde está repleto de casas bajas muy pintorescas dignas de una postal. Salvo la parte más cercana al puerto que suele estar llena de turistas, el resto de Warnemünde es un lugar muy tranquilo y agradable para pasear por él.

Al bajar un poco el sol las luces brillan y las largas cadenas de gente hacen que sus el pequeño puerto cante. La imagen de un tiempo que pasa, la historia de un Alemania que cambia y abre sus puertas al mundo, desde este puerto en el mar Báltico, parada de un sin numero de cruceros.

Hubo un tiempo en el que Warnemünde no era más que un pueblo de pescadores en el casco antiguo de Rostock. Una larga franja costera que albergaba a viajeros pioneros de Alemania por descubrir. Los tiempos han cambiado y hoy Warnemünde se ha convertido en un centro turístico costero en primer plano. Sin embargo, el panorama es ta lejos de ser un desfile de resorts y restaurantes dedicados al turismo. Aquí los pescadores se quedaron y los turistas se mezclaron con los bailes y al ritmo de la ciudad. De verdad se ha convertido en un destino valioso, aunque seguramente la opinión de quien llega a este puerto en la mayoría de los casos va acompañada de que tal era la temperatura durante la visita y de ahí que no se recomiende tanto Warnemünde, o que se hable maravillas.

Y bueno cayo la noche y tardísimo estábamos de regreso a casa, pero podía decir que al menos ya había llegado la hora de dormir, porque aunque no hemos regresado a casa, ellas ya se dejaban escuchar respirar mientras caían en un sueño profundo. Aquí al lado de ellas ya se siente tranquilidad.

Tren entre Rostock y Müritz. 

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