La región pantanosa de Mecklemburgo-Pomerania, Alemania

Una primera pequeña conclusión de nuestro viaje de diez días las tres. Solo para organizar los pensamientos. Los sentimientos que fluyen sobre nosotros o que mejoran, ya que estamos de vuelta. ¿Qué ha hecho el viaje con nosotras? Entonces puedo decir, mucho. Mucho más a hecho entre ellas . Tanto que definitivamente habrá una o más imágenes que lo demostrarán. Lo que queda es un gran ¡GUAU!

Pero comencemos desde el principio.  Como me costo empacar planeando llegar a destino. Como llevar extras si tengo solo una espalda, dos niñas y un mercado para 10 días? Los por si acaso me toco dejarlos y los de pronto ni los voltee a mirar. Pero es que si los extras no están empacados el juego está perdido. Aun así llegamos a la meta. Las tres, en un tren, con un tipo buena onda sin zapatos, sin camisa, en pantaloncillos pero con una cerveza en la mano. Con un grupo Scout que me recordó buenos momentos de mi adolescencia. Lucía que no paro de mirarle el pelo a la chica del pasillo que no tenía solo rastas sino que la mitad era naranja y la otra mitad era rosa, y por supuesto “mamá quiero el pelo así”, también lo dijo. Aurora se la pasó comiendo galletas, saludando a los abuelitos de al frente y haciéndole caras a la señora de al lado. Casi no entramos en el tren, menos mal estábamos bien a gusto, un montón de expatriados y otro manojo de mamás más encartadas que yo también. 

Después de un par de horas nos encontrábamos en la inmensidad de un campo en algún punto de la región de Mecklemburgo-Pomerania en el norte de Alemania. No era la primera vez que nos encontrábamos descubriendo esta zona de Alemania, por su proximidad a Berlin y por ser la región con salida al mar más cercana de casa había ya sido destino de varios fines de semana. Y unas horas más tarde una copa de vino, ellas dormían y el mejor “atardecer”, un atardecer a las 9:45 de la noche. 

Nos encontrábamos en una zona mayormente rural, y un dato curioso es que Schwerin, la capital, no es la ciudad más grande de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, sino Rostock. Toda esta zona es un espacio donde se alternan pequeñas manchas forestales y tierras de cultivo, pastos, prados húmedos, canales y lagos en todas sus dimensiones. Mil lagos conectados por canales y riachuelos, amplias playas de arena blanca y elegantes balnearios del siglo XIX. Son algunas de las sorpresas que esconde el estado de Mecklemburgo- Pomerania Occidental.

De todos los lugares del mundo que he siempre soñado en visitar no estaba en la lista ningún lago, sin embargo camino por el borde del lago número 200 que visitó en este país y me parece estar más cerca de casa. Nadie molesta, nadie te ofrece cosas para comprar, nadie te observa, igualmente nadie te saluda. Camino por el bosque fotografiando cada raíz que ellas saltan y cada hoja que recogen. La brisa que pasa entre los árboles hacen el sonido del mar, el sol que nos alcanza nos acalora como los rayos del desierto. Mi boca sonríe como si nadie supiera donde estoy.

 

Los siguientes días transcurrieron así, a las 11 de la mañana no habíamos decidido aún que hacer. Pero lo de improvisar se nos da muy bien. Recogimos ciruelas, observamos tractores a toda marcha, pintamos al aire libre, nos bañamos con manguera bajo un árbol y horneamos un pastel.  Aurora aprendió el idioma de las cabras y Lucía descubrió un inmenso nido de garzas. Con todo esto me he dado cuenta que no es más tranquilo estar con niños en el campo, que no ha sido más relajado y que todo es un doble esfuerzo. Hasta los juegos se vuelven pesados. Aquí me toca empujar carretilla y saludar a la cabras. Cargar piedras y hacer castillos con troncos. Despertarme con el gallo y recoger ciruelas. Caminar bajo el sol y encaramarme en los árboles. Literal ponerme las botas. Y a veces pienso que es mejor andar en sandalias y extraño tanto ponerme una falda amarilla. 

Pero cada noche literalmente me acostaba llorando recordando como juegan entre ellas, mano a mano, levantando Lucía a Aurora y Aurora tirándosele encima a Lucía. No siempre son así de dulces la una con la otra, no crean, pero cuando lo son, hacen que mi corazón crezca en tamaños desproporcionados. 

Me llenan de amor. 

No suena el despertador, porque igual en casa tampoco suena, pero estas mañanas le ruego a la almohada que las deje dormir a ellas media hora más. Muchas noches hubiese querido ordenar una bandeja de sushi, pero lo que me esperaba era prepararme un sándwich, con más ganas abrí una botella de vino y brindé en pijama acabando con la lista de Spotify. Aquí no tengo nada en las cercanías. Sin embargo fueron días de reflexionar dos veces y repetirme que soy afortunada de tenerlas a ellas y a esta botella de vino. Soy afortunada por haber tenido el coraje de partir con poco y nada. Soy afortunada porque mis zapatos están acabadisimos y mi piel se ve gastada. Soy afortunada por tantos atardeceres y madrugadas en vela. Soy afortunada por estos 10 días fuera de casa.  

Soy afortunada de poder vivir 10 días en esta zona exactamente nos encontrábamos en Lansen, un pueblito con unas 50 casas, una guardería, una iglesia y una estación de bomberos. Una casa inmensa y totalmente blanca que remarcaba su inmensidad, una linda casa llena de detalles, mezcla de estilos y un cinturón de historias. Fueron maravillosos días del verano caluroso de 2018 que no olvidaremos jamas. 

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